¡Que Dios se apiade del Constitucional!

¡Que Dios se apiade del Constitucional!

Por Pelayo del Riego Artigas


¡Ya veremos cuando les toque dar cuenta ante el Creador a estos juristas de chicle! Manejan los tiempos que ya quisiera Martin Heidegger. No me gustaría estar en su pellenca revestida de bordados, puñetas, toga, birrete de doble vuelta y muceta. Total, oropel, estrellas de muchas puntas, galones de pasamanería y canto dorado para nada, porque no les va a valer el revestimiento ni la indumentaria. Inconfundibles para cualquiera, con carita, ojos y nombres y apellidos y con fecha de caducidad o de consumo preferente. Que todo llega. Al Padre no se les despintan ni de lado, porque les señalarán con el dedo muchos y muchas cuando busquen lo obscuro y el desmarque, como se estila en las cárceles con los pederastas y los violadores.

Llevan siete años –ya hay que tener cuajo- toreando el recurso del PP a la ley del aborto maldito, la ley Zapatero-Aído que han hecho suya hasta las cachas y que, no olvidemos, se está llevando por el desagüe -por la premura de estos justos del demonio, que en su día sentenciaron que la vida del nasciturus es un bien jurídico por encima del derecho de la mujer salvo en los tres supuestos que han dictaminado ellos y que no vienen en el derecho natural- las vidas de 95.000 españolitos/litas cada año, 7.800 mensuales, 1.800 semanales, 260 diarios y cada hora que se retrasan en cantar la gallina y echar una firma, caen cerca de once criaturas únicas e irrepetibles, sí únicas e irrepetibles por los siglos de los siglos. ¿Qué más les da?

¡No hay prisa! La vida y el Padre que la creó para otros fines que la simple escabechina, pueden esperar a que se desayunen, a que almuercen de luxe entre tanta tarea, a que tomen el vermut e incluso un chocolatito a media tarde. Ya, de perdidos al rio porque llevan un saldo de espanto que supera los seiscientos mil inocentes a su cargo, en su brazo de la balanza de la ciega justicia –en su haber- y que eso tiene una reata que no me gustaría en el saldo final ni de mi peor enemigo, que es la cólera que me produce esta desidia pseudocientífica, esta mangancia y esta indefinición, amparada en no sé qué. Estos son los derechos humanos que se gastan.

Ellos, desde su escepticismo sartreano –eróstratos incendiarios- que preparen lo que van a argüir cuando les llegue el garreo, el llanto y el crujir de dientes. Que lo lleven escrito a doble espacio, por duplicado y a un solo efecto. Hay un 50% -y este cálculo es cosa de Pascal, no mía- de que les caiga el peso inconmensurable de la ley mosaica y las mismas tablas del Sinaí sobre sus febles espalditas y que lleven tizonazos a manta de Dios y eso no me lo quitan de la cabeza, porque son demasiados testigos acusadores los que en el valle de Josafat, se sumarán al mismísimo Herodes el Grande –que ha tenido tiempo de cambiar el chip y no soñó con llegar a estas marcas que le sirven de coartada para su defensa, además de no ir de creyente, ni haber hecho la primera comunión como muchos de ellos- y sobre todo las miles de madres destrozadas, que se cagan en sus muertos diariamente y que comparecerán con su tanto de culpa a descargar. Si esto no es crimen organizado, legalizado e impune, a combatir ya nos lo aclarará alguien más allá del Vaticano.

A ver cómo sortean la fiscalización de los cuatro vivientes del Apocalipsis que pudo ver San Juan en Patmos, que no son cosas lisérgicas ni del alcohol. No me cabe duda de que es para no dormir, temblar cada mañana y no poder firmar cuando lo quieran hacer, porque la mayoría están a una o dos décadas, todo lo más, de la comparecencia forzosa –como en su tiempo el sorteo de quintos- que nos llega a todos sin excepción y además acarrean mi maldición personal y la de muchos mindundis como yo, que no somos pocos y que no es ninguna tontería.

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