Filosofía y Dios

Filosofía y Dios

Por Pelayo del Riego Artigas


Hace poco perdimos a un personaje de talla, a un pensador muy especial, muy específico y una persona con vis atractiva. Gustavo Bueno era independiente, libre, anticolectivo y sin inhibiciones ni respetos humanos que le preocupasen. No puedo juzgar su labor filosófica, ni su repercusión en ese mundo tan especial, tan trascendental y tan suyo. La Historia se ocupará de ello. No me cabe duda de que no caerá en el olvido, porque era de los que había que echar de comer aparte. Su muerte, inmediata a la de su esposa, es todo un ejemplo de fidelidad al cariño y con su aspecto campechano, tan cercano y cordial y pese a sus modos desenfadados e incluso desaforados, ha quedado en mi mente, en la distancia, como un cisne, elegante y sentimental. Humano. Dios le haya acogido en su misericordia infinita y le haya puesto al día. No me cabe duda de que no le es indiferente y, mira tu, que ha visto de todo.

Hay algo que me sorprendía y era lo que decía sobre su existencia, que no solo negaba, sin remisión y era muy libre de hacerlo –siempre sin el gesto antipático, venenoso y desagradable de Puente Ojea- sino que le negaba la posibilidad de existir, lo que me daba la imagen de un Dios achaparrado, ancho y bajito, de patas cortas, que intentaba auparse a un mueble sin conseguirlo y me hacía cierta gracia. En eso, más que materialista, se mostraba absolutista y arbitrario. No olvidemos que él mismo se decía ateo católico.

Mis convicciones religiosas, parten de la desconfianza abierta y declarada de San Pablo, que durante años, desde el descabalgamiento forzoso, investigó exhaustivamente la resurrección de Cristo entre los testigos y apóstoles supervivientes y dejó dicho, bien patentemente, que si no era cierta su resurrección estábamos haciendo el canelo y luego –convencido de su verdad- se fue a morir a Roma, martirizado, poniendo su cuello a merced del sayón, sin ningún resquemor. Antes, en Jerusalén, en compañía de san Pedro, pone en marcha a un paralítico que clamaba por ello, en unos términos -dicho y hecho- que siempre me han impactado: “De lo que tenemos te damos…” Salud, nada menos y se la daban y el otro se iba feliz tirando las muletas.

San Agustín, uno de lo grandes padres latinos de la iglesia, en el siglo V, dejó sus Confesiones a la posteridad y es un libro muy convincente y denso, cuando se lee y se relee con los ojos abiertos. “Tolle et lege” nos dice en él, sugerido por una voz graciosa, lo que sin duda es fundamental para cualquiera. Leer y escuchar lo escrito. No es mal consejo el que nos lega.

No soy experto en la materia. Respiro por los momentos, textos y personas, que han enriquecido y consolidado la fe que recibí de mis mayores y que procuraron asentar firmemente con argumentos sencillos, pero ciertos. Argumentos tan cabales como el de que nos preparamos mucho para ejercer unos cuantos años una profesión, mejor o peor, en esta vida, que no es muy larga y deberíamos, en buena lógica, hacer cuanto esté en nuestras manos para el negocio más trascendente que, al menos, tiene un 50% de probabilidades de ser cierto, por si acaso. Contra esto caben muy pocas observaciones y prevenciones. Es así. Lo que diga un especulador a su albur, lo que sugiera, es su problema personal e intransferible. El mío es mío tan solo y no es poco. Entiendo que el respeto a nuestra libertad parte de esa “ausencia de Dios” voluntaria por su parte, con el fin de no aplastarla y arrastrarnos a pasar una vida entera con la boca abierta. Nos deja la fe y la gracia suficiente para el que quiera incorporarse: “El que crea en mi…”.

Las huellas y evidencias, para un buen observador, no son pocas. Para mi, mi perro es una prueba irrefutable. No hablemos del orden estelar, del macrocosmos o del microcosmos, entre los que nos hallamos en nuestro mesocosmos de diario. Acabo de editar un libro en el que he invertido años de estudio, “Desarrollo sostenible. Problemática y resolútica” con motivo de los 50 años de existencia del Club Roma, a cuyo capítulo español pertenezco desde 1993 -que ha merecido ser prologado por Ricardo Díez Hochleitner- en el que expongo magnitudes, proporciones y progresiones muy significativas y que unidas todas ellas dejan vislumbrar tantas y tantas casualidades que resultan muy reveladoras de que alguien ha puesto su propósito en ellas al crear el sistema Tierra y la vida. Es una maquinaria perfecta con leyes perfectas y que funciona, como advertía Einstein en su día.

Hay, además, momentos y experiencias -vivencias- más o menos tangenciales, vinculadas a la música, a la liturgia, a la belleza, a la libertad, a la vida, al amor y al bien. La justicia, la injusticia y la esclavitud física a las leyes que imperan son connaturales a nuestra naturaleza actual en la que vivimos inmersos y como debe ser. Personalmente, tengo la experiencia de haber convivido –en repetidas y breves ocasiones- con un familiar “venerable” según los cánones. Amable, sencillo, respetuoso, fumador, lector y nada proselitista, pero que contagiaba serenidad, ejemplo, paz , certeza y confianza. Una suerte.

La razón vital orteguiana y traída sucesivamente por Marías, es que somos arrojados –involuntariamente y sin invitación- a un lugar y durante un tiempo determinados –espacio-tiempo- y tenemos que actuar necesariamente, en un sin vivir permanente. Algo así como puestos a freír en una sartén. Alguien toma esa iniciativa, responsabilizándose y eso nos debe y tranquilizar mucho.

Esto –que nos es dado, e impuesto- hace nuestra frágil condición humana, en la que con un decálogo de conducta, revelado y muy asumible, debemos convivir durante un tiempo con nuestros coetáneos. Vivir un tramo de la historia de la humanidad, en este planeta. Que nuestra conducta sea la mejor o no tan buena depende de tantos factores, que hacen muy difícil –a mi criterio- la culpa, tal como se puede entender y menos con transcendencia eterna. Nos van a examinar del amor, al final del tiempo. Eso es todo. Julián Marías, católico, practicante, convencido y prolífico pensador y escritor, murió hace ya más de diez años, con la curiosidad manifiesta por eso de “la resurrección de la carne”. Es muy edificante, al menos para mi. Todo esto mueve de la fe a la certeza, como dice mi amiga Nuria, que además de perspicua, conspicua e iconógrafa, es guapa, elegante y con clase y estilo.

La mediocridad es la nota y por eso, aporto la opinión de un viejo dominico, que afirmaba que era muy, muy difícil ofender a Dios. Que los santos padres velasen por la ortodoxia y que los escolásticos hayan prestado su opinión, con la razón aristotélica en la mano, depende de tantos conceptos evolutivos y de tantas razones históricas y casuísticas, que diluyen las posturas, pero dejan la esencia de la verdad revelada a través de los siglos, que no es poco. A esa nos debemos y tiene principios inmutables, por más que el relativismo –hijo de la ignorancia, del cinismo y de la mala fe- tienda a igualar por lo bajo.

No hay excepciones al “no matarás”. Lo entiende cualquiera con mediana voluntad, si no buena. Únicamente se nos exige creer en Cristo –un acto de voluntad, libre y activo- para no morir eternamente, lo que permite deducir que el que no cree, se autoelimina y es muy libre de hacerlo. ¿Cuánta es la gracia suficiente para esto? La que daría cualquier padre a sus hijos por pródigos que fuesen. Podemos medirla. No hay razón alguna para reducirla y ponerse histéricos con la longitud de las faldas o con los escotes. Estamos hechos por Dios a mano, de forma artesanal y las piezas encajan felizmente por su voluntad, no por la del demonio.

Leer a Xavier Zubiri, fue fundamental para mí. Se produjo tras largos años de imposibilidad, como me ha pasado con Vargas Llosa, del que tras intentar “La ciudad y los perros” y la “Conversación en la Catedral”, no terminé ni “Los Jefes”, que era un Crisolín, mientras me recreo en Azorín, en Miró, en Balzac o en Baroja. No me preguntéis por qué. Zubiri era un reto y su denso “Naturaleza, Historia, Dios” me supuso la inmersión en el estudio más intenso. Mereció la pena. Decía cosas muy verdaderas y muy esclarecedoras, pero había que lucharlas renglón a renglón, párrafo a párrafo y página a página y volver sobre ellas una y otra vez, hasta su problemática digestión.

Zubiri, cuando habla del llamado problema de Dios, dice que “Dios no tiene problema alguno, que somos nosotros los que lo tenemos y a quienes preocupa. Su firma, su huella indeleble y reconocible, está en nosotros mismos, porque nos ha creado a su imagen y ahí debemos buscarle, en nosotros mismos. Religación y reflexión. Dios es fundamento del hombre, no objeto del hombre”.

 Utiliza la escolástica actualizándola con la fenomenología de Husserl y de Heidegger y es conocedor de la física, incluso la cuántica. Zubiri tuvo buen contacto con Einstein, en Berlín. Einstein tenía la seguridad de que Dios existe, que habiendo leyes perfectas tiene que haber necesariamente un legislador y que la imaginación es más importante que el conocimiento. “El pensamiento viene, luego se expresa con palabras o se intenta hacerlo”.

Otro pilar de mi convencimiento, muy importante, ha sido la tesis doctoral de Juan Pablo II, sobre San Juan de la Cruz, el que “entrose donde no supo y quedose no sabiendo toda ciencia trascendiendo”. Árida en toda su extensión, como una subida a las escarpaduras del monte Carmelo, es una continua denuncia de la infinita desproporción existente entre la criatura y su creador, según manifiesta reiteradamente el místico san Juan en sus escritos y que transcribe el papa santo fielmente,  lo que mueve a adoptar una actitud humilde y confiada. Es a manera de percepción lejana –inefable- pero real que manifiesta con la poesía, como pudiera haberlo hecho con la música. Es imposible hacerlo con palabras científicas. Nuestros sentidos, las frecuencias en las que nos producimos, impiden esa sintonía que buscamos. No hay otro camino que la confianza y la liberación de toda soberbia y rebeldía imposible, que es pataleta. Ruido.

Nuestra naturaleza, nuestra proporción, hace que fracase, desde el inicio, cualquier aspiración que no se base en el amor confiado a un creador, padre, que ha dispuesto nuestra existencia y nos tiende su mano. Ahí, sí que podemos instarle y comprometerle e incluso obtener pequeñas dosis asimilables, a través de la oración. No es fácil orar, pero es posible intentarlo. Es una tesis muy personal, muy íntima.

Estas actitudes y el regalo de la gracia, no me cabe duda de que han sido causa de experiencias personales, enormemente gratificantes y efectivas, en las personas de Manuel García Morente, de Paul Claudel, de santa Teresa y de tantos y tantos otros personajes históricos, a los que les ha sido dada esa gracia transformante –que han buscado con avidez- de percibir la presencia real Cristo resucitado, de Dios. Unamuno, se resistía y se revelaba, por su ansia de hacerse con la verdad y de prenderla, porque la barruntaba existente. Contemplar a mi amigo Pepe Sotillos consagrando en san Francisco, junto a la Dehesa, me hace abundar y crecer en ello.

Haber mutilado los estudios de filosofía, del “amor por la sabiduría”, en el nivel secundario -un conocimiento mínimo de la materia- es una barbaridad imperdonable y una torpeza pedagógica, propia de pueblos salvajes. Junto al derecho romano, a la religión judeocristiana y a las tecnologías, la filosofía griega, que inicia la historia filosófica a cuyas orillas continuamos ejerciéndola, son los pilares en los que se sustenta la civilización occidental. Esto lo acusa Zubiri, como un postulado de partida.

Eliminar estas materias, arrinconarlas, supone condenar a la población entera, a un bajo nivel de capacidad mental y a una indigencia intelectual, obtusa y roma, la arrastra a la desorientación y la aleja de la posibilidad de pensar por uno mismo.

Claro, primero acabaron con el latín e iniciaron un proceso de robotización que progresa hacia el anonadamiento y hacia la inteligencia artificial en la que no cabe la fe. La “Historia de la Filosofía” de Marías debería ser obligatoria en todas las carreras universitarias al menos, y contribuir al pensamiento rico, fuerte y sólido y al conocimiento de un mundo transcendente y fundamentado. Continuar volviendo la espalda a estas materias, es dejar al ser humano –sin escalera en que afianzarse– agarrado a la brocha de la inopia, sin referentes sólidos y a merced de los pensamientos totalitarios, que no saben lo que se hacen.

¿Qué clase de ingeniería es esta? ¿Qué pretende, si pretende algo que no sea destruir? ¿Quién comete esas estupideces? ¿Hasta cuando?

 

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